La liebre
1º- . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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No se sabe que
la liebre tenga amigos en el mundo animal. En cambio, son muchísimos sus
enemigos: todos ellos carnívoros, desde la minúscula comadreja al perezosísimo
tejón semi-vegetariano.
2º- . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Por sentirse
tan perseguida, la liebre ha aprendido a desconfiar de todo, actuar con máxima
cautela[1]
y potenciar sus dotes de huida. Una liebre acosada no huye en línea recta, como
los demás animales, sino en zig-zag, y da unos curiosos saltos, todos ellos con
el objeto de perturbar[2]
a sus enemigos. Si la suerte le permite llegar a las cercanías de su
madriguera, no penetra en ella directamente, sino que se entretiene en confundir
sus rastros, también para desorientar al perseguidor.
3º- . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
A pesar de
todas estas precauciones, son muchas las liebres cazadas. Previniéndolo[3]
así, la naturaleza hizo a este animal muy prolífico para dificultar su extinción.
Una hembra de quince meses puede parir cuatro camadas en un año, con un total
aproximado de nueve crías. Admitiendo que cuatro de éstas sean también hembras,
y siguiendo el mismo ritmo de procreación, en nueve años una liebre puede dar una
descendencia de 65.501 individuos.
Animales de Europa y
sus crías. Edit. Fher. S.A.
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